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Por qué tenemos pesadillas y cómo afecta la calidad del sueño

Sentir que te persiguen, que no te puedes mover ni gritar, estar atrapado o caer por un precipicio, son algunas de las pesadillas más frecuentes, donde el final siempre es el mismo: despertarse repentinamente en medio de la oscuridad de la noche y darse cuenta de que, por desagradable que haya sido, sólo era un mal sueño.
Las pesadillas se engloban dentro de los trastornos del sueño y concretamente en el grupo de las parasomnias, que son sueños caracterizados por acontecimientos o conductas anormales asociadas a la etapa de descanso nocturno, a sus fases específicas o a los momentos de transición sueño-vigilia.
Durante la noche, el cerebro no se apaga, sino que sigue funcionando. Atraviesa diversas fases de sueño, incluyendo el sueño REM, que es aquel en donde los ojos se mueven de un lado a otro por debajo de los párpados. Es en esta instancia, que se da en la segunda mitad de la noche, en donde con mayor frecuencia se presentan las pesadillas.

¿Por qué tenemos pesadillas?

Si bien no se han reconocido factores genéticos en el surgimiento de este tipo de trastorno del sueño, si hay una explicación fisiológica y psicológica. Las pesadillas suelen sermanifestaciones que la mente figura mientras se duerme frente a factores como el estrés, la ansiedad y eventos traumáticos, por ejemplo. “Las pesadillas que ocurren hasta tres meses de eventos traumáticos se asocian en un 80% a estrés post traumático”, agrega la neuróloga de Clínica Ciudad del Mar, Dra. Ximena Villanueva.
“Pese a que no sea un proceso consciente, el sueño es una extensión de nuestros pensamientos diarios. En este sentido, las pesadillas pueden intentar dar solución a aquellas cosas a las que nos vemos enfrentados, pero que no abordamos directamente”, destaca profesional. Asimismo, la neuróloga explica que existe asociación con agentes farmacológicos que afecten los neurotransmisores norepinefrina, serotonina y dopamina como antidepresivos, antihipertensivos y agonistas recetor de dopamina.

¿Cómo enfrentar estos episodios?

Las pesadillas son un fenómeno que se puede experimentar a cualquier edad, pero son los niños quienes más las sufren, entre un 10% y 50% de incidencia, con un peak a los 10 años. “Esto comienza a darse en niños desde los tres años, pues a esa edad comienza a consolidarse la memoria y los recuerdos que posteriormente pueden evocarse en los sueños”, puntualiza la doctora Ximena Villanueva.
Es común que lo anterior ocurra producto de la ansiedad o el estrés que pueden sentir tras ver, escuchar o vivir historias que les producen miedo. Este tipo de trastorno se va superando conforme pasan los años, de modo que las probabilidades de tener pesadillas siendo adulto son mucho menores. Así, uno de cada dos mayores sufre este fenómeno ocasionalmente, mientras que el 2% al 8% las padece constantemente.
Las pesadillas pueden llevar a privación del sueño, insomnio y somnolencia excesiva en el día, afectando las diferentes facetas de la vida familiar, pues existe una asociación entre trastorno de sueño y dificultades atencionales.
“Cuando las pesadillas son recurrentes y el niño se despierta con temor, termina despertando a los padres y hermanos, luego hay dificultades para volver a conciliar el sueño, lo que puede asociarse a somnolencia diurna con las respectivas repercusiones escolares y laborales”, explica la neuróloga de Clínica Ciudad del Mar.
Asimismo, detalla la doctora Villanueva, el mal dormir en los niños tiene un efecto sobre la conducta y calidad de vida, aumenta la ansiedad y la irritabilidad, y el rechazo a irse a la cama o hacerlo bajo rituales que ponen a prueba a los papás, que también ven deteriorada su calidad de vida. Suelen aparecer entre ellos discusiones, cansancio e irritabilidad que originan un círculo vicioso que hace que el problema persista.

Consejos para tener un sueño reparador


Para tener un descanso adecuado es necesario tener una buena higiene del sueño, lo que significa dormir en un horario que respete el funcionamiento normal del ciclo sueño–vigilia. En este sentido, la neuróloga entrega algunos consejos para conseguirlo:
1.-Propiciar un lugar oscuro y silencioso para poder relajarse.
2.-Mantener un mismo horario de sueño, el que debe responder al número de horas para cada persona. En el caso de los niños, lo recomendable son entre 8 a 10 horas.
3.-Temperatura adecuada en la habitación.
4.-Evitar aparatos electrónicos dentro de la habitación (televisión, juegos de video, celulares, etc.)
5.-No consumir estimulantes como cafeína, alcohol y nicotina antes de dormir.
6.-Evitar comer dos horas antes de dormir.
7.-Una sana disciplina a la hora de dormir, respetando las necesidades de sueño y descanso, permite un mejor rendimiento intelectual y físico. De lo contrario, se pueden generar faltas de concentración y memoria, mayor fatigabilidad física y mental, cambios de humor, menor resistencia al estrés cotidiano y mayor vulnerabilidad del sistema inmune.

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